Embutido en el interior de la Torre de Comares, el Salón de los Embajadores, está construido como un cubo perfecto.

Como vemos, en sus laterales se abren nueve alcobas con ventanas.

La cristalería de éstas está formada por vidrieras de colores, conocidas por los árabes como cumarías.

De este término proviene el nombre de la Torre Comares.

Los musulmanes tenían una visión de Dios muy especial.

Interpretaban su obra en todo lo que les rodeaba.

Este salón es una prueba evidente de esta percepción.

Las ventanas se abren hacia preciosos jardines, además, la recargada decoración, está compuesta por elementos naturales como conchas, hojas y estrellas.

Del suelo original, realizado en cerámica blanca y azul, sólo se mantiene el cuadro del centro.

El resto fue cambiado en el siglo XIX, debido a su mal estado.

Con una altura de 18 metros, la cúpula es una obra maestra de carpintería.

Las siete coronas de estrellas, representan los siete cielos que hay que ascender para llegar al paraíso.

Éste está representado por la pequeña cúpula central.

Cuando el rey recibía a los enviados en este salón, el monarca se situaba en la alcoba central, mientras que sus ministros hacían lo propio en las de los lados.

De este modo, la luz daba de frente al visitante y el rey quedaba en penumbra.

Así, el enviado quedaba en inferioridad.

El hecho de que las ventanas comiencen desde el suelo, se debe a que los musulmanes mantenían sus reuniones, tendidos en el suelo, sobre cojines.

De este modo, tenían luz directa sobre ellos.

Por esto, debemos mirar estos palacios con la perspectiva de quienes la construyeron, según sus necesidades; desde el suelo.


Cuando acabemos de contemplar esta maravillosa sala, saldremos al patio.